Videomessaggio del Santo Padre in occasione del 70° anniversario dell’Organizzazione Internazionale per le Migrazioni

Integrazione migrantiPubblichiamo di seguito il testo del Videomessaggio che il Santo Padre ha inviato in occasione del 70° anniversario dell’istituzione dell’Organizzazione Internazionale per le Migrazioni, il cui testo è stato letto dal Segretario di Stato, l’Em.mo Card. Pietro Parolin:

Videomessaggio del Santo Padre

Director General,
Señora Presidenta,
Distinguidos participantes:

Quisiera expresar mis felicitaciones a la Organización Internacional para las Migraciones por sus 70 años de servicio a los migrantes. Este hito en la historia de la Organización, a pesar de los múltiples desafíos planteados por la pandemia del COVID-19, ofrece la ocasión de renovar la visión y nuestro compromiso a través de una respuesta más digna al fenómeno migratorio.

Hace diez años, en la 100ª Sesión de este Consejo, por decisión de mi querido predecesor, el Papa Benedicto XVI, la Santa Sede, de manera conforme a su naturaleza, sus principios y normas específicas, optó por llegar a ser Estado miembro de esta Organización. Las motivaciones subyacentes que impulsaron tal decisión siguen siendo hoy más válidas y urgentes[1]:

1. Afirmar la dimensión ética de los desplazamientos de población.

2. Ofrecer, a través de su experiencia y de su consolidada red de asociaciones sobre el terreno en todo el mundo, la colaboración de la Iglesia católica a los servicios internacionales dedicados a las personas desarraigadas.

3. Prestar una asistencia integral en función de las necesidades, sin distinción, basada en la dignidad inherente de todos los miembros de la misma familia humana.

El debate sobre la migración no es realmente sobre los migrantes. O sea, no se trata sólo de migrantes: se trata más bien de todos nosotros, del pasado, del presente y del futuro de nuestras sociedades[2]. No debemos dejarnos sorprender por el número de migrantes, sino encontrarnos con todos ellos como personas, viendo sus rostros y escuchando sus historias, intentando responder lo mejor posible a sus singulares situaciones personales y familiares. Esta respuesta requiere mucha sensibilidad humana, justicia y fraternidad. Tenemos que evitar una tentación muy común hoy en día: descartar todo lo que resulta molesto[3]. Esa es precisamente la “cultura del descarte” que tantas veces he denunciado.

En la mayoría de las principales tradiciones religiosas, incluso el cristianismo, encontramos la enseñanza que nos exhorta a tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Otras enseñanzas religiosas insisten en que vayamos más allá de esta norma y que no descuidemos la hospitalidad con el extranjero, «pues por ella algunos, sin saberlo, han recibido visitas de ángeles» (Hb 13,2). Sin duda, estos valores universalmente reconocidos deben guiar nuestro trato a los migrantes en la comunidad local y en el ámbito nacional.

Muchas veces oímos hablar de lo que hacen los Estados para acoger a los migrantes. Pero es igualmente importante preguntarse: ¿Qué beneficios aportan los migrantes a las comunidades que los acogen y cómo las enriquecen? Por un lado, en los mercados de los países de ingresos medio-altos, la mano de obra migrante es muy demandada y bienvenida como forma de compensar la falta de mano de obra. Por otro lado, los migrantes suelen ser rechazados y sometidos a actitudes resentidas por muchas de sus comunidades de acogida.

Lamentablemente, este doble estándar deriva del predominio de los intereses económicos sobre las necesidades y la dignidad de la persona humana. Esta tendencia se hizo especialmente evidente durante los “cierres” de COVID-19, cuando muchos de los trabajadores “esenciales” eran migrantes, pero no se les concedieron los beneficios de los programas de ayuda económica de COVID ni el acceso a la atención sanitaria básica o a las vacunas de COVID.

Es aún más lamentable que los migrantes sean utilizados cada vez más como moneda de cambio, como peones en el tablero de ajedrez, víctimas de rivalidades políticas. Como todos sabemos, la decisión de emigrar, de abandonar la tierra natal o el territorio de origen, es sin duda una de las más difíciles de la vida.

¿Cómo se puede explotar el sufrimiento y la desesperación para avanzar o defender agendas políticas?¿Cómo pueden prevalecer las consideraciones políticas cuando está en juego la dignidad de la persona humana? La falta básica de respeto humano en las fronteras nacionales nos minimiza a todos en nuestra “humanidad”. Más allá de los aspectos políticos y jurídicos de las situaciones irregulares, nunca debemos perder de vista el rostro humano de la migración y el hecho de que,por encima de las divisiones geográficas de las fronteras, formamos parte de una única familia humana.

Deseo aprovechar esta ocasión para hacer cuatros observaciones:

1. Hay una necesidad urgente de encontrar vías dignas para salir de las situaciones irregulares. La desesperación y la esperanza siempre prevalecen sobre las políticas restrictivas. Cuantas más vías legales existan, menos probable será que los migrantes se vean arrastrados por las redes criminales de los traficantes de personas o por la explotación y los abusos durante el contrabando.

2. Los migrantes hacen visible el vínculo que une a toda la familia humana, la riqueza de las culturas y el recurso para los intercambios de desarrollo y las redes comerciales que constituyen las comunidades de la diáspora. En este sentido, el tema de la integración es fundamental; la integración implica un proceso bidireccional, basado en el conocimiento mutuo, la apertura recíproca, el respeto de las leyes y la cultura de los países de acogida con un verdadero espíritu de encuentro y enriquecimiento recíproco.

3. La familia migrante es un componente crucial de las comunidades de nuestro mundo globalizado, pero en demasiados países se niega a los trabajadores migrantes los beneficios y la estabilidad de la vida familiar debido a impedimentos legales. El vacío humano que se deja atrás cuando un padre o una madre emigran solos es un duro recordatorio del agobiante dilema que supone verse obligados a elegir entre emigrar sólo para alimentar a su familia o disfrutar del derecho fundamental a permanecer en el país de origen con dignidad.

4. La comunidad internacional debe abordar con urgencia las condiciones que dan lugar a la migración irregular,haciendo así de la migración una elección bien informada y no una necesidad desesperada.Ya que la mayoría de las personas que pueden vivir decentemente en sus propios países de origen no se sentirían obligadas a emigrar de forma irregular, se necesitan urgentemente esfuerzos para “crear mejores condiciones económicas y sociales [..] de modo que la emigración no sea la única opción para quien busca paz, justicia, seguridad y pleno respeto de la dignidad humana”[4].

En definitiva, la migración no es sólo una historia de migrantes sino de desigualdades, de desesperación, de degradación del medioambiente, de cambio climático, pero también de sueños, de coraje, de estudios en el extranjero, de reunificación familiar, de nuevas oportunidades, de seguridad y protección, y de trabajo duro pero decente.

En conclusión, la realización de una adecuada gestión global de los movimientos migratorios, una comprensión positiva de los mismos y un enfoque eficaz del desarrollo humano integral pueden parecer objetivos de largo alcance. Sin embargo, nunca debemos olvidar que no se trata de estadísticas, sino de personas reales con sus vidas en juego. Arraigada en su experiencia secular, la Iglesia católica y sus Instituciones seguirán con su misión de acoger, proteger, promover e integrar a las personas que se desplazan.

Les doy las gracias de corazón e invoco sobre todos ustedes, sobre las naciones que representan y sobre los migrantes y sus familias la bendición del Señor.

Fraternalmente,

FRANCISCO

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[1]Cf. Declaración de la Santa Sede, 100ª Sesión del Consejo de la Organización Internacional para las Migraciones, 5 de diciembre de 2011.

[2]Cf. Mensaje para la 105ª Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados, 29 de septiembre de 2019.

[3]Cf. Discurso ante la Sesión Conjunta del Congreso de los Estados Unidos, Washington D.C., 24 de septiembre de 2015.

[4]Cf. Mensaje para la 100ª Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados, 5 de agosto de 2013.

Traduzione in lingua italiana

Direttore Generale,
Signora Presidente,
Distinti partecipanti,

Vorrei esprimere le mie felicitazioni all’Organizzazione Internazionale per le Migrazioni per i suoi 70 anni di servizio ai migranti. Questo importante evento nella storia dell’Organizzazione, nonostante le molteplici sfide poste dalla Pandemia del Covid-19, offre l’occasione di rinnovare la visione e il nostro impegno attraverso una risposta più degna al fenomeno migratorio.

Dieci anni fa, nella 100ª Sessione di questo Consiglio, su decisione del mio amato predecessore, Papa Benedetto XVI, la Santa Sede, in modo conforme alla sua natura, ai suoi principi e norme specifiche, ha scelto di diventare Stato membro di questa Organizzazione. Le motivazioni di base che hanno portato a tale decisione continuano ancora oggi a essere molto valide e urgenti1:

1. Affermare la dimensione etica degli spostamenti di popolazione.

2. Offrire, attraverso la sua esperienza e la sua consolidata rete di associazioni sul campo in tutto il mondo, la collaborazione della Chiesa cattolica ai servizi internazionali dedicati alle persone sradicate.

3. Prestare un’assistenza integrale in funzione dei bisogni, senza distinzioni, basata sulla dignità inerente a tutti i membri della stessa famiglia umana.

Il dibattito sulla migrazione non è realmente sui migranti. Ossia, non si tratta solo di migranti: si tratta piuttosto di tutti noi, del passato, del presente e del futuro delle nostre società2. Non dobbiamo lasciarci sorprendere dal numero dei migranti, bensì incontrarci con tutti loro come persone, vedendo i loro volti e ascoltando le loro storie, cercando di rispondere il meglio possibile alle loro particolari situazioni personali e familiari. Tale risposta richiede molta sensibilità umana, giustizia e fratellanza. Dobbiamo evitare una tentazione molto comune oggigiorno: quella di scartare tutto ciò che risulta fastidioso3. È proprio questa la “cultura dello scarto” che tante volte ho denunciato.

Nella maggior parte delle principali tradizioni religiose, compreso il cristianesimo, troviamo l’insegnamento che ci esorta a trattare gli altri come vogliamo che trattino noi, e ad amare il nostro prossimo come noi stessi. Altri insegnamenti religiosi insistono sul fatto che dobbiamo andare al di là di questa norma e che non dobbiamo trascurare l’ospitalità verso lo straniero, poiché “alcuni, praticandola, hanno accolto degli angeli senza saperlo” (Eb 13, 2). Senza dubbio questi valori universalmente riconosciuti devono guidare il nostro modo di trattare i migranti nella comunità locale e nell’ambito nazionale.

Spesso sentiamo parlare di quello che fanno gli Stati per accogliere i migranti. Ma è altrettanto importante domandarsi: quali benefici apportano i migranti alle comunità che li accolgono e come le arricchiscono? Da un lato, nei mercati dei paesi a reddito medio-alto la manodopera migrante è molto richiesta e benaccetta come modo per compensarne la mancanza. Dall’altro, i migranti sono generalmente rifiutati e soggetti ad atteggiamenti risentiti da parte di molte loro comunità di accoglienza.

Purtroppo questo duplice standard deriva dal prevalere degli interessi economici sui bisogni e sulla dignità della persona umana. Tale tendenza è apparsa particolarmente evidente durante le “chiusure” del Covid-19, quando molti dei lavoratori “essenziali” erano migranti, ma non sono stati concessi loro i benefici dei programmi di aiuto economico per il Covid-19 e neanche l’accesso all’assistenza sanitaria di base e alle vaccinazioni.

Ancora più deplorevole è il fatto che i migranti vengano utilizzati sempre più come moneta di scambio, come pedoni di una scacchiera, vittime di rivalità politiche. Come tutti sappiamo, la decisione di emigrare, di abbandonare la terra natale o il territorio di origine è senza dubbio una delle più difficili della vita.

Come si possono sfruttare la sofferenza e la disperazione per avanzare o difendere agende politiche? Come possono prevalere le considerazioni politiche quando a essere in gioco è la dignità della persona umana? La mancanza basilare di rispetto umano alle frontiere nazionali ci sminuisce tutti nella nostra “umanità”. Al di là degli aspetti politici e giuridici delle situazioni irregolari, non dobbiamo mai perdere di vista il volto umano della migrazione e il fatto che, al di sopra delle divisioni geografiche delle frontiere, facciamo parte di un’unica famiglia umana.

Desidero cogliere l’occasione per fare quattro osservazioni:

1. C’è un bisogno urgente di trovare vie dignitose per uscire dalle situazioni irregolari. La disperazione e la speranza prevalgono sempre sulle politiche restrittive. Quante più vie legali esisteranno, meno probabile sarà che i migranti si vedano trascinati nelle reti criminali dei trafficanti di persone o nello sfruttamento e negli abusi durante il contrabbando.

2. I migranti rendono visibili il vincolo che unisce tutta la famiglia umana, la ricchezza delle culture e la risorsa per gli scambi in materia di sviluppo e le reti commerciali costituita dalle comunità della diaspora. In tal senso, il tema dell’integrazione è fondamentale; l’integrazione implica un processo bidirezionale, basato sulla mutua conoscenza, sull’apertura reciproca, sul rispetto delle leggi e della cultura dei paesi di accoglienza con un vero spirito di incontro e di arricchimento reciproco.

3. La famiglia migrante è una componente essenziale delle comunità del nostro mondo globalizzato, ma in troppi paesi si negano ai lavoratori migranti i benefici e la stabilità della vita familiare a causa d’impedimenti legali. Il vuoto umano che si lascia dietro quando un padre o una madre emigra da solo è un duro promemoria dell’opprimente dilemma che presuppone il vedersi costretti a scegliere tra emigrare da soli per alimentare la propria famiglia o godere del diritto fondamentale a restare nel paese di origine con dignità.

4. La comunità internazionale deve affrontare con urgenza le condizioni che danno luogo alla migrazione irregolare, facendo così della migrazione una scelta ben informata e non una necessità disperata. Affinché la maggior parte delle persone che possono vivere dignitosamente nel proprio paese di origine non si sentano costrette a emigrare in modo irregolare, occorrono urgentemente sforzi per «creare migliori condizioni economiche e sociali [...] affinché l’emigrazione non sia l’unica opzione per chi cerca pace, giustizia, sicurezza e pieno rispetto per la dignità umana»4.

In definitiva, la migrazione non è solo una storia di migranti ma di disuguaglianze, disperazione, degrado ambientale, cambiamento climatico, ma anche di sogni, di coraggio, di studi all’estero, di riunificazione familiare, di nuove opportunità, di sicurezza e protezione, e di lavoro duro ma dignitoso.

Concludendo, la realizzazione di un’adeguata gestione globale dei movimenti migratori, una loro comprensione positiva e una messa a fuoco efficace dello sviluppo umano integrale possono sembrare obiettivi di vasta portata. Non dobbiamo però mai dimenticare che non si tratta di statistiche, bensì di persone reali la cui vita è in gioco. Radicata nella sua esperienza secolare, la Chiesa cattolica e le sue istituzioni proseguiranno la loro missione di accogliere, proteggere, promuovere e integrare le persone che si spostano.

Vi ringrazio di cuore e invoco su tutti voi, sulle nazioni che rappresentate e sui migranti e le loro famiglie la benedizione del Signore.

Fraternamente,

FRANCESCO

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1. Cfr. Intervento della Santa Sede alla 100ª Sessione del Consiglio dell’Organizzazione Mondiale per le Migrazioni, 5 dicembre 2011.

2. Cfr. Messaggio per la 105ª Giornata Mondiale del Migrante e del Rifugiato, 29 settembre 2019.

3. Cfr. Discorso alla Sessione Congiunta del Congresso degli Stati Uniti d’America, Washington d.c., 24 settembre 2015.

4. Messaggio del Santo Padre Francesco per la 100 ª Giornata Mondiale del Migrante e del Rifugiato, 5 agosto 2014.

Traduzione in lingua inglese

Director-General,
Madam President,
Distinguished participants,

I would like to express my congratulations to the International Organization for Migration on its 70 years of service to migrants. This important event in the history of the Organization, despite the multiple challenges posed by the Covid-19 Pandemic, provides an opportunity to renew our vision and commitment through a more dignified response to migration.

Ten years ago, at the 100th Session of this Council, by decision of my beloved predecessor, Pope Benedict XVI, the Holy See, in a manner consistent with its nature, principles and specific norms, chose to become a Member State of this Organization. The basic reasons that led to this decision are still very valid and urgent today 1:

1. To affirm the ethical dimension of population movements.

2. To offer, through its experience and its well-established network of associations in the field throughout the world, the collaboration of the Catholic Church in international services dedicated to uprooted people.

3. To provide comprehensive assistance according to needs, without distinction, based on the inherent dignity of all members of the same human family.

The debate on migration is not really about migrants. Or rather, it is not solely about migrants: it is about all of us, about the past, present and future of our societies 2. We should not be surprised by the number of migrants, but rather come towards all of them as persons, seeing their faces and listening to their stories, trying to respond as best we can to their particular personal and family situations. Such a response requires a great deal of human sensitivity, justice and fraternity. We must avoid a very common temptation today: that of discarding everything that is troublesome 3. This is precisely the “throwaway culture” that I have denounced so many times.

In most of the major religious traditions, including Christianity, we find the teaching that exhorts us to treat others as we want them to treat us, and to love our neighbour as ourselves. Other religious teachings insist that we must go beyond this norm and that we must not neglect hospitality towards the stranger, for “for through it, some have unknowingly entertained angels”. (Heb 13:2). Undoubtedly these universally recognized values should guide the way we treat migrants in the local community and nationally.

We often hear about what states are doing to welcome migrants. But it is equally important to ask: what benefits do migrants bring to their host communities and how do they enrich them? On the one hand, in the markets of upper-middle-income countries, migrant labour is in high demand and welcomed as a way to compensate for the lack of it. On the other, migrants are generally rejected and subject to resentful attitudes by many of their host communities.

Unfortunately, this double standard stems from the prevalence of economic interests over the needs and dignity of the human person. This tendency was particularly evident during the Covid-19 “lockdowns”, when many of the “essential” workers were migrants, but they were not granted the benefits of the Covid-19 economic aid programmes or even access to basic health care and immunization.

Even more regrettable is the fact that migrants are increasingly being used as bargaining chips, as pawns on a chessboard, victims of political rivalries. As we all know, the decision to emigrate, to leave one's homeland or territory of origin, is undoubtedly one of the most difficult decisions in life.

How can suffering and despair be exploited to advance or defend political agendas? How can political considerations prevail when it is the dignity of the human person that is at stake? The basic lack of human respect at national borders diminishes all of us in our 'humanity'. Beyond the political and legal aspects of irregular situations, we must never lose sight of the human face of migration and the fact that, beyond the geographical divisions of borders, we are part of a single human family.

I would like to take this opportunity to make four observations:

1. There is an urgent need to find dignified ways out of irregular situations. Desperation and hope always prevail over restrictive policies. The more legal routes exist, the less likely it is that migrants will be drawn into the criminal networks of people smugglers or into exploitation and abuse while in contravention of the law.

2. Migrants render visible the bond that unites the whole human family, the richness of cultures and the resource for development exchanges and trade networks that diaspora communities represent. In this sense, the issue of integration is fundamental; integration implies a two-way process, based on mutual knowledge, mutual openness, respect for the laws and culture of the host countries with a true spirit of encounter and mutual enrichment.

3. The migrant family is an essential component of communities in our globalized world, but in too many countries migrant workers are denied the benefits and stability of family life as a result of legal impediments. The human void left behind when a father or mother emigrates alone is a stark reminder of the overwhelming dilemma of being forced to choose between emigrating alone to feed one’s family or enjoying the fundamental right to remain in one’s country of origin with dignity.

4. The international community must urgently address the conditions that give rise to irregular migration, thus making migration a well-informed choice and not a desperate necessity. To ensure that most people who can live with dignity in their countries of origin do not feel compelled to migrate irregularly, efforts are urgently needed to “create better economic and social conditions [...] so that emigration will not be the only option left for those who seek peace, justice, security and full respect of their human dignity" 4.

Ultimately, migration is not only a story of migrants but of inequalities, despair, environmental degradation, climate change, but also of dreams, courage, study abroad, family reunification, new opportunities, safety and security, and hard but dignified work.

In conclusion, achieving adequate global management of migratory movements, a positive understanding of them and an effective focus on integral human development may seem like far-reaching goals. However, we must never forget that these are not statistics, but real people whose lives are at stake. Rooted in its centuries-long experience, the Catholic Church and its institutions will continue their mission of welcoming, protecting, promoting and integrating people on the move.

I thank you from my heart and I invoke upon all of you, upon the nations you represent and upon migrants and their families the Lord's blessing.

Fraternally,

FRANCIS

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1 Cf. Intervention of the Holy See, 100th Session of the Council of the World Organization for Migration, 5 December 2011.

2 Cf. Message for the 105th World Day of Migrants and Refugees, 29 September 2019.

3 Cf. Address to the Joint Session of the United States Congress, Washington D.C., 24 September 2015.

4 Message of the Holy Father Francis for the 100th World Day of Migrants and Refugees, August 5, 2013.

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html - 29 novembre 2021